Sobre el amor

imagen amor sufridoAlain Badiou acaba de publicar la versión inglesa de su libro sobre el amor, según nos reporta Stuart Jeffries en su columna del diario británico The Guardian. En esta obra, Badiou, a quien Jeffries califica como el “filósofo viviente más grande de Francia”, propone una “nueva filosofía del amor”, que él antepone a la noción moderna de amor como mercancía.

Para el francés, la sociedad de consumo en la que vivimos pretende hacer del amor algo aséptico, libre de problemas y sin riesgos; es decir, una mercancía uniforme para consumo masivo. Eso es, esta forma de amor-mercancía, lo que venden agencias de citas en línea como Match.com y eHarmony.com (o, en Europa, Meetic.com); es decir, un amor que satisface la demanda de un mercado en busca de ciertas características deseables (o mensurables) y la garantía de no recibir lo indeseable. En esencia, argumenta Badiou, lo que estos sitios ofrecen es el resurgimiento de una nueva forma, mucho más fría e impersonal, de los matrimonios arreglados del pasado, sólo que ahora no son los padres, la comunidad, el interés colectivo o de grupo, etc., quienes hacen el arreglo sino que los mismos individuos, a través del mecanismo impersonal del mercado, negocian entre sí las condiciones de su relación, es decir, los términos de un contrato que busca garantizar la satisfacción del placer individual de cada parte. Por supuesto, una meta fundamental de este proceso de negociación no es otro que la de garantizar que la forma de “amor” que se adquiera esté libre de riesgos y/o sufrimientos; algo como una versión fat-free (libre de grasa) o sugar-free (sin azúcar) del amor. Comentando a Badiou, el filósofo esloveno Slavoj Žižek explica:

Inclusive la configuración de relaciones emocionales es organizada, cada vez más, de acuerdo a las pautas de una relación mercantil. Alain Badiou propone un paralelo entre la búsqueda, hoy, de una pareja sexual (o marital) a través de agencias de citas y el antiguo procedimiento de matrimonios arreglados por los padres: en ambos casos, el riesgo mismo de “enamorarse” es suspendido, no hay ningún enamoramiento contingente, el riesgo verdadero del llamado “encuentro amoroso” es minimizado por arreglos hechos con anterioridad, arreglos que toman en cuenta todos los intereses materiales y psicológicos de las partes interesadas. (p. 28)

El amor, sugiere Rimbaud, debe reinventarse. Sugerencia que Badiou retoma con entusiasmo para proponer que este proceso de reinvención se haga por medio de lo que él llama un “procedimiento de verdad” o, más precisamente, un procedimiento de construcción de una verdad. Lo revolucionario de esta idea es que la misma es una invitación a lo que años antes hubiese sido un anatema; es decir, a la construcción o fabricación voluntaria e intencional de una ilusión; en este caso, de una ilusión creada tras el encuentro de dos individualidades. En otra parte, Badiou explica lo que quiere decir con esta frase:

Llamo «procedimiento de verdad», o «verdad», a una organización continua, en una situación (en un mundo), de las consecuencias de un acontecimiento. Enseguida, uno notará que un azar esencial, el de origen acontecimental, co-pertenece a toda verdad.

En el caso del amor, ese acontecimiento (“evento”) azaroso lo constituye el encuentro de la pareja. En el libro que Jeffries comenta, Badiou explica que en la experiencia del amor hay un elemento claramente universal,  la “experiencia de verdad sobre lo que es ser dos y no uno” (las bastardillas son mías). Por eso “amamos amar, pero amamos también que otros amen”, como decía San Agustín. Pero el amor para ser verdad debe superar ese acontecimiento inicial, debe estar seguido por un acto público fundamental, la declaración de amor. A partir de ese momento, la verdad del amor se convierte en un proceso de construcción de un dos, un proceso que busca fijar esa verdad en el tiempo y que, por estar lleno de riesgos e incertidumbres, no siempre funciona. Y esto es precisamente lo que el amor-mercancía de las agencias de citas por Internet prometen erradicar. Esta es, por supuesto, una promesa vacía, ya que este amor-mercancía que se nos ofrece es una suerte de “amor enlatado”, una suerte de verdad prefabricada. Es una ilusión que se pretende está hecha a la medida de cada individualidad; no es una verdad construida por dos sino vendida a cada uno.

Además, el amor-mercancía es adverso a la diferencia y se enfoca, en cambio, en lo similar. Prueba de ello está en que una de las consecuencias más marcadas de los encuentros arreglados por Internet sea que, como un reciente estudio revela, la mayoría de las parejas arregladas estén formadas por individuos con muchas similaridades. De allí que Badiou enfatice que la promesa de este tipo de amor sean relaciones libres de riesgos o, al menos, basadas en la oferta ilusoria de que la reducción de incompatibilidades eliminará el riesgo de fracasar o, en última instancia, de sufrir.

Ahora bien, como nos dice Badiou, la verdad del amor sólo puede tener un resultado: “el compromiso de construir una duración”. Ello se logra sólo cuando la pareja, el dos, logra librarse del azar que caracteriza su encuentro inicial. Pero para alcanzar ese estado de compromiso duradero, la pareja debe aprender a construir el dos sobre la base de sus diferencias reales y no sobre la ilusión de una similaridad pre-fabricada. Si el comienzo del amor, desde el primer encuentro, es un camino tumultuoso y desgarrador, muchas veces lleno de incertidumbre y amargura, su fin no es otro que el pozo tranquilo de la vida compartida, de la existencia como un dos.

Y esto es algo que vemos reflejado en el buen cine. Por ejemplo, en muchas de las películas de Alfred Hitchcock, el tema fundamental suele girar en torno a las circunstancias del encuentro de la pareja, el acontecimiento azaroso del choque de sus individualidades. Esto lo vemos muy bien en películas como North by Northwest, The Lady Vanishes o The Thirty-Nine Steps, entre otras. Por otro lado, hay otros filmes como Suspicion o Dial M for Murder donde la pareja no puede superar ese momento inicial traumático y construir una verdad como dos, lo que suele acarrear un final trágico. Curiosamente, esta referencia a Hitch pudiera servirnos para insinuar el componente de suspenso que acompaña a la verdad del amor que plantea Badiou, y proponer que lo que el amor-mercancía nos ofrece es un amor libre de suspenso o, al menos, uno donde este último estaría minimizado. Llevando la analogía a su extremo más natural, esto es como ver una película de Hitch sin nada de suspenso. De ser así, ¿puede acaso haber algo más aburrido?

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Catastroika, The Movie

Aris Chatzistefanou and Katerina Kitidim — the same directors of Deptocracy (2011) — have just released a new documentary that explores the connection between the ongoing Greek crisis and similar crises around the world. They use Namoi Klein’s shock doctrine as their main thesis — i.e., the idea that neo-liberal economic policies are implemented through a sort of shock therapy in which the prescribed medicine provokes and exacerbates the patient’s condition in order to guarantee further consumption of the said treatment.

Catastroika is a term created after the fall of the Soviet Union to signify “the country’s complete destruction by market forces; the sell off of public property; and the steep deterioration of citizens’ living standards.” All in all, it’s an interesting reading of currents events and a definitive must-see.

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Carlos Fuentes, RIP

Hoy se fue otro de los grandes de la literatura Latinoamericana del siglo XX, el mexicano Carlos Fuentes. En obras como La muerte de Artemio Cruz, Aura y Terra Nostra, Fuentes exploró los límites de la novela Latinoamericana, canibalizando tendencias estilísticas en boga (por ejemplo, el estructuralismo y el post-estructuralismo) que luego regurgitara según los códigos y exigencias de nuestro contexto e historia particulares. Fuentes fue un intelectual completo, un ferviente defensor de la independencia del intelectual de la política, que sin embargo nunca practicara ni la indiferencia ni la cazurrería.

Aquí en una entrevista que le hicieran para Alfaguara:

 

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Why Is There Something Rather Than Nothing?

A few words on a recent controversy about the intersection of philosophy and faith that emerged from this apparently benign question. All of it comes from a very provocative book from Cosmologist Lawrence Kraus that generated some very interesting responses — for instance, see David Albert and/or Adam Frank.

By the way, I think we owe this famous question to Leibniz who — in section 7 of his Principles of Nature and Grace Based on Reason — says:

Why is there something rather than nothing? After all, nothing is simpler and easier than something. Also, given that things have to exist, we must be able to give a reason why they have to exist as they are and not otherwise.

Later on, Martin Heidegger reused it in the first chapter of his An Introduction to Metaphysics. He doesn’t use the word “something” though. In my copy of Ralph Manheim’s English translation of the original German text, Heidegger’s question is rendered this way: “Why are there essents rather than nothing?” — “essents” being a wonkish neologism for “things that are.” (A more recent edition of the same book renders the same question in a more straightforward way: “Why are there beings at all instead of nothing?”). Not surprisingly, Heidegger rightly calls this question one of the “fundamental questions of metaphysics.”

I haven’t read Kraus’ book yet so I can’t comment on it but I read the aforementioned articles and I think the topic is quite interesting indeed. However, an even more interesting question to ask is what Leibniz suggests in the second sentence quoted above — why there has to be something rather than nothing? Is there necessary conditions for existence? Is existence unavoidable? If you read Albert and Frank replies you will see that these questions are centerpiece to their criticism of Lawrence’s book. I don’t have time now to comment but I invite you to reflect on the logic of these questions in the meantime.

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On Reading Schmitt II: Pluri-versality

Continuing on my reading of Schmitt‘s The Concept of the Political, I have a few comments. In section 6 Schmitt develops his notion of a pluri-versal world as opposed to a uni-versal one. Essentially, Schmitt refuses the idea of a global, uni-versal State that encompasses all mankind, regardless of ethnic, national, linguistic, class, etc., differences. He asserts that, since the political is based on the friend-enemy distinction—on which the most basic political principle, the right to make war or jus belli, is based—, such a global or uni-versal entity wouldn’t be political at all. For him, be political implies being able to articulate a notion of the Other and, and as he correctly points out: “The enemy is a negated otherness.” Such a uni-versal State that encompasses all of humanity cannot be able to articulate this notion at all, since “the enemy” cannot “cease to be a human being.” A global State has no outside; there is no other to negate.

However, it’s interesting that Schmitt doesn’t reject the idea (of a global order based on humanistic principles) as impossible, only as apolitical. Whether a universal order emerges one day or not isn’t the point. The point is that such a universal order, should it ever exist, it would never be political.

There is one interesting point he makes in section 6. There he says:

The concept of humanity is an especially useful ideological instrument of imperialist expansion, and in its ethical-humanitarian form it is a vehicle of economic imperialism. Here one is reminded of a somewhat modified expression of Proudhon’s: whoever invokes humanity wants to cheat. To confiscate the world humanity, to invoke and monopolize such a term probably has certain incalculable effects, such as denying the enemy the quality of being human and declaring him to be an outlaw of humanity; and a war can therefore be driven to the most extreme inhumanity.

On a note to this paragraph, Schmitt adds:

Pufendorf (De jure naturae et gentium, VIII, #5) quotes approvingly Bacon’s comment that specific peoples[sic] are “proscribed by nature itself,” e.g., the Indians, because they eat human flesh. And in fact the Indians of North America were exterminated. As civilization progresses and morality rises, even less harmless things than devouring human flesh could perhaps qualify as deserving to be outlawed in such a manner. Maybe one day it will be enough if a people were unable to pay its debts. (highlight is mine)

Later on, Schmitt explains that even if humanity agrees to some common manner of regulating (global) commerce and economic activity, such state of things would never be political unless it has a sense of “an adversary.” Essentially, and this is an idea on which he keeps going on and on: neither morality (eating human flesh) nor economics can be used as a basis for the political. Only the principle of friend-enemy can provide such a basis.

Therefore, I wonder if a global order in which paying debts is used to define otherness—for instance, by negating membership to those who don’t pay their debts—could in fact be political, as suggested in the previous quotation. What’s more, what about a global order in which being human means exactly the opposite: one’s ability to pay one’s debts? But this sounds quite familiar, doesn’t it?

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