Otras dos de Bolaño

El diario catalán La Vaguardia reportó recientemente que se han encontrado dos nuevas novelas de Bolaño, que se añaden a una tercera que fuera anunciada en la pasada feria del libro de Fráncfort, la que tiene, además (¿por qué no decirlo?), el emblemático título de: El Tercer Reich. ¿Qué más podríamos esperar de Bolaño?

En todo caso, estas dos nuevas novelas, aparentemente títuladas Diorama, la primera, y Los sinsabores del verdadero policía o Asesinos de Sonora, la segunda, demuestran la capacidad creativa ilimitada de Bolaño.

Curiosamente, la última parece era parte de una sexta entrega para la obra póstuma de Bolaño, el bíblico 2666. La misma provee claves que ayudan a entender ciertos aspectos sin resolver en la versión actual de la novela.

Bolaño: entre la ficción y la realidad

Recientemente, el NYT publicó un artículo de Larry Rohter donde se discute la veracidad de ciertos hechos en torno a la vida del chileno Roberto Bolaño.

Particularmente problemático son dos afirmaciones que se han convertido como una suerte de lugar común en las reseñas periodística y aún académicas escritas en torno a la obra y la vida de Bolaño. La primera, la idea de que él fuera un adicto a la heroína y que su “unspecified liver ailment“, el que últimadamente reclamara su vida, estaba asociado, de algún modo, a esa vieja adicción. La segunda, quizás más seria dada su importancia simbólica y aún comercial, se centra en el presumible hecho histórico de que Bolaño alguna vez estuvo en Chile en los trágicos días postreros del gobierno de Allende, y que, de hecho, Bolaño mismo hubiese estado preso durante el caos que siguió a la caída de dicho gobierno.

El comentario de Rohter llama la atención porque el mismo ilustra el interés que Bolaño, el escritor, despierta en la crítica estadounidense, la cual, a veces, pareciera más interesada en la vida del autor que en su propia obra. Después de todo, recordemos que, como diría el español Ignacio Echevarría, Bolaño es “un escritor excelente” que, “a diferencia de otros tan excelentes como él […] ha tocado teclas que son más sensibles”.

Sobre el particular, Gustavo Faverón-Patriau, bloguero y profesor de Bowdoin College, nos explica en uno de sus blogs que esta fascinación por la vida, real o imaginaria, de Bolaño se explica por esa curiosidad que el lector y estudioso anglo-sajón siente por el autor como individuo, “en su intimidad, en el retiro”. Para Faverón-Patriau,

El escritor interesa en España [y] en América Latina, en tanto figura en la sociedad, en su relación con la esfera pública, como partícipe de la comunidad y actor en el ágora abierta.

Lo cual no deja de ser cierto, si consideramos que muchos de nuestros escritores más famosos, me refiero antes del Boom, lo eran precisamente por su figuración en la vida pública, las más de las veces como políticos destacados o hasta presidentes de alguna república (de allí la larga tradición de nuestros Sarmientos, Gallegos, Vargas Llosas, etc.).

Sin embargo, quizás esta actitud nuestra hacia el escritor esté también cambiando. Y no me refiero sólo a Bolaño sino también a los escritores del Boom. El mismo Angel Rama, en varias de sus reflexiones sobre el papel del escritor latinoamericano (particularmente en La Novela Latinoamericana: Panoramas 1920-1980), ya nos advertía de esa transformación.

Ahora bien, lo que si debe preocuparnos, y con ello me refiero a los lectores y críticos latinoamericanos, es la posibilidad de que, como bien nota Faverón-Patriau en otro de sus posts, sea la crítica anglo-sajona (y otras) la que determine nuestra relación con nuestros escritores y su intimidad. Ya antes nos pasó algo parecido cuando a los escritores del Boom se les encasquetara ese término incómodo de “realismo mágico”, que aún hoy día los persigue cual Llorona que persigue adúlteros impenitentes en medio de nuestros llanos de soledades literarias.

En todo caso, volviendo a Bolaño, sea cual fuera la verdad sobre esa esos puntos de coincidencia entre la historia de Arturo B. y de Roberto B., lo cierto es que la obra de ambos es de un valor incuestionable. Y, quizás a modo de corolario, recordando de nuevo al uruguayo Angel Rama, esta vez de la pluma del argentino Tomás Eloy Martínez, no estaría de más considerar su reflexión en torno a esa vieja noción lukácsiana del “individuo histórico”, la cual él reinterpretara en términos de

la instalación del narrador en «la conciencia misma del personaje», para poder interrogar así «directamente al poder omnímodo» y observar «su pleno funcionamiento».

En mi opinión, quien hoy lee a Bolaño, no puede escapar a ese proceso, a ese permanente interrogatorio.