Las inscripciones de autos

En días pasados llevaba el auto a la estación de gasolina cuando en frente de mí venía esta enorme SUV roja que portaba una calcomanía (sticker), azul y roja, creo, con una inscripción que, de inmediato, captó mi atención. La inscripción decía: “I believe that forgiving the terrorists is God’s function. Our job is simply to arrange the meeting” (“Creo que perdonar a los terroristas es el trabajo de Dios. El nuestro (los EEUU) es arreglar el encuentro”).

Dos cosas pasaron por mi cabeza cuando vi la inscripción. Primero, recordé el ensayo de Borges sobre las inscripciones que adornaban los carros de caballos en el Buenos Aires de principios del siglo XX; algo sobre lo que comenté en mi nota anterior. Allí Borges discurría sobre el posible valor social de estas “letras de carro”, así como sobre su, quizas para algunos más cuestionable, valor literario (digo valor social porque el énfasis está en su valor retórico que, a su vez y como bien nos recuerda Eagleton en su famoso Literary Theory, hace énfasis en la manera como el lenguaje es efectivo “at the point of ‘comsumption'”).

Por cierto, vale la pena advertir que la fuente de tan florida la frase no es otro sino el mismísimo General Norman Schwarzkopf, héroe de la Guerra del Golfo (y al que apodan, no sin un dejo de ironía, “Stormin” Norman).

Volviendo al valor social (o retórico) que planteaba Borges, bueno, antes de comentar necesito hablar del segundo pensamiento que me cruzó la cabeza al leer la inscripción.

La segunda cosa que pensé tiene que ver con la novela Blood Meridian, del escritor estadounidense Cormac McCarthy. Aquí no voy a hacer una reseña de la misma.(encarecidamente les invito a leerla… la versión española es Meridiano de Sangre, que, por cierto, Bolaño comenta en una reseña de prensa que publicó para el diario chileno Las Últimas Noticias en junio 2001, creo, y que está incluida en la colección póstuma Entre paréntesis). Los detalles se los dejo para que los lean sí así lo quieren. Me interesa simplemente comentar algunas ramificaciones filosóficas de esta novela de McCarthy y su conexión con la inscripción del SUV.

Sólo voy a decir que la novela relata las peripecias y los desmanes (por usar puritos eufemismos) de un grupo de bandoleros estadounidenses que viajan a lo largo y ancho de la frontera mejicano-estadounidense, asesinando, violando y descabellando a cuanto trigueño tiene la desfortuna de encontrarlos. Hay una secuencia en la novela donde el grupo de bandoleros llega a un pueblito (Jesús María) en la montañas al norte de México. Mientras la banda toma posada en el pueblo, una niña desaparece (lo que sugiere que uno de los bandoleros la raptó para abusar de ella y asesinarla, tal como ha sucedido en casi todos los lugares a los que la banda va de visita). Al mismo tiempo, Glanton, el líder de la banda, toma la bandera mejicana de su pedestal en la plaza mayor y la arrastra con su caballo por el suelo embarrado del pueblo. Todo esto, por supuesto, enfurece a los locales que arremeten contra el grupo de bandoleros, liquidando a algunos de ellos y capturando a algunos heridos que no pudieron escapar.

Lo que me interesa resaltar es lo que sigue. En la historia se nos sugiere que los pobladores del pueblo son muy devotos católicos y que el cura del pueblo, como suele ser el caso en este tipo de pueblitos latinoamericanos, es una suerte de líder espiritual a la vez que civil. Dicho esto, lo que sigue tiene perfecto sentido, ya que es el cura el que preside el ajusticiamiento de los bandoleros capturados. Y aquí lo interesante; el narrador de la novela nos dice: “The priest had baptized the wounded Americans and then stood back while they were shot through the head” (pág. 194).

Lo interesante es la secuencia de eventos. El cura primero los bautiza (aquí asumimos que lo hizo sin el consentimiento de los afectados, por supuesto), luego se aparta y deja que los soldados le apliquen el castigo debido (en este caso, la muerte). El hecho de que el cura cumpla con su deber católico (salvar el alma de los pecadores protestantes a través del bautizo) y que luego permita su ejecución es muy importante. Lo es porque deja en evidencia una concepción del mundo en total contraste con la sugerida por la cita de la inscripción de la calcomanía del SUV.

Sobre esto último, hay un ensayo escrito por Dennis Sansom en The Journal of Aesthetic Education (vol. 41, #1, 2007) donde propone que la novela Blood Meridian funciona como una suerte de crítica del determinismo divino, particularmente dentro de la tradición individualista protestante. Explico.

Según nos dice Sansom, dentro de la tradición puritana anglosajona, Dios es la fuente de todo, es quién decide y determina todo lo que ocurre y ha de ocurrir. Para Sansom, la consecuencia inmediata de esto es cierto fatalismo y/o relativismo moral. Él explica:

If we think that God ordains everything, even war, then a “neuter austerity” deadens our sensitivity to the suffering of the innocent, the horror of human evil, and we lose the ability to be shocked by moral atrocities. In losing the ability to be shocked by senseless suffering, we fail to recognize the unevenness of moral choices, that there is a moral difference between a blade of grass and a person. But in a Blood Meridian we cannot find ethical reasons, which would be indicative of a moral teleology, to denounce the hanging of an Apache on a Christian symbol of redemption because, in fact, we know that the unguessed kinship of all life is God’s implacable and inscrutable will.

En otras palabras, si asumimos que todo, bueno y malo, es una consecuencia directa de los designios de Dios, entonces no hay lugar para asumir posturas o denunciar el horror de la maldad humana. Aún la guerra, con todas sus atrocidades y excesos es, de algún modo, un acto divino, parte de un propósito superior. Pero eso no es todo. Puede argumentarse que tal “fatalismo” no es exclusivo de la tradición protestante anglosajona sino común a otras tradiciones religiosas occidentales, incluida la católica. Después de todo, el mismo es producto de una concepción particular del mundo que asume la voluntad soberana de Dios como el motor de todo, tal y como explica Sansom, y que es común a la tradición judeo-cristiana y, por supuesto, musulmana.

Ahora bien, sin entrar en demasiados detalles, existe una diferencia fundamental entre la manera como la tradición protestante concibe el lugar del hombre dentro de esa teleología divina y la manera como lo hace la católica. La diferencia se hace evidente en la secuencia de la novela que describimos más arriba. Allí, el cura cumple un papel de mediador que no es evidente en las acciones de, por ejemplo, el juez, otro de los personajes de la novela de McCarthy, suerte de asesino serial, pastor o chamán de los bandoleros.

En el mundo predeterminado del juez, cada quien está por sí sólo; es decir, que responde y rinde cuentas a Dios con un mínimo de mediación humana. Eso, precisamente, es lo que sugiere la inscripción de Schwarzkopf. En contraste con el cura de Jesús María (o cualquiera de los misioneros que acompañaron a los conquistadores españoles), su trabajo (del juez y sus discípulos) no es mediar por la salvación del alma de los pecadores sino simplemente “to arrange the meeting” con Dios. La moraleja: matar, sin importar el horror o bestialidad con que se haga, no es otra cosa sino cumplir con el propósito de Dios, quien ultimadamente decidirá la suerte del alma de la víctima.

Aquí no quiero hacer el contraste entre estas dos visiones en términos de que una es mejor o peor que la otra. En lo personal, condeno ambas. Lo que me interesa es simplemente resaltar ese contraste que, en mi opinión, opera dentro de una dinámica (ideológica) mucho más amplia y compleja. En otras palabras, entre dos formas de concebir nuestro lugar en el mundo, como agentes individuales cuyo destino último (aunque predeterminado por Dios) es independiente de las acciones de los demás (la visión del juez); o como agentes individuales cuyo destino último (igualmente predeterminado por Dios) depende también de las acciones de nuestros congéneres (como en el caso del sacerdote y los heridos). El primer caso, dentro de la tradición liberal protestante anglosajona, se centra primeramente en el individuo; el segundo, dentro de la tradición liberal (digamos) continental, se centra, por igual, en el individuo pero con cierto énfasis (totalmente ausente en el otro caso) sobre su dimensión social. Insisto, en lo personal las condeno a las dos; ya que ambas, en todo caso, nos llevan al mismo tipo de trampa fatalista (de la que sólo puede rescatarnos el mesianismo judeo-cristiano).

Para terminar, es claro que Borges tenía toda la razón al sugerirnos la importancia de las inscripciones de carros. A pesar del tiempo, aún es mucho lo que podemos aprender de ellas. Como vemos, algo tan simple como una frase puesta sobre una ventanilla de un auto nos puede dar muchas claves sobre el impacto que algunas ideologías tienen sobre la sociedad que las produce y consume. Y es eso a lo que Eagleton se refiere cuando nos habla de la retórica como el estudio del lenguaje como “instrumento de poder y deseo” (pág. 180). Tal vez Schwarzkopf no sepa nada de Eagleton (ni de Aristóteles, que es la fuente de las ideas del inglés), pero conoce muy bien el poder que tienen las palabras.

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