Estética y Wittgenstein

Un poco en la misma tónica de mi comentario anterior, leía días atrás algunas notas sobre estética del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein. Las notas las recopilaron sus estudiantes de unas charlas que Wittgenstein diera en el verano de 1938. Aquí me refiero a la edición inglesa publicada por la Universidad de California, y editada por el jesuita Cyril Barrett (por cierto, un cura irlandés muy curioso que estudiara en el Instituto Warburg y que escribiera sobre temas tan diversos como la filosofía existencialista y/o el arte de Picasso).

Wittgenstein comienza su discusión elucubrando sobre el uso de ciertas palabras como “belleza”, “bello”, “bueno”, etc. Aquí hay que recordar que su filosofía se basa en la premisa de que todo problema filosófico es esencialmente uno de carácter semántico, y que su solución requiere un análisis detallado de la manera como el lenguaje se utiliza en cierto contexto particular.

Por ejemplo, Wittgestein dice (p. 11): “In order to get clear about aesthetic words you have to describe ways of living”. Así, si yo digo “Esto es bello”, decirlo es equivalente a hacer un gesto de aprobación con el rostro. Sólo aquellas personas que están familiarizadas con el significado del gesto pueden comprender lo que quiere decir. Igualmente, sólo quienes compartan un uso común (contexto) de la palabra “bello” con nosotros pueden comprender lo que la palabra significa cuando la utilizo en la frase “Esto es bello”.

Una manera como Wittgenstein demuestra el papel que el contexto juega en todo esto lo vemos cuando él habla de asociaciones (p. 31-36). Por ejemplo, tenemos dos poemas y alguien dice acerca de uno de los poemas: “Este poema es tan bueno como el primero”. Decir algo así es, para Wittgenstein, equivalente a decir que un lápiz es tan largo como otro. Si bien es cierto que el caso de los lápices pareciera más sencillo (sólo hay que ponerlos uno al lado del otro y comparar las longitudes), lo es sencillamente porque asumimos que existe una convención en torno a qué es “longitud”, qué significa “igual”, de qué manera se miden la longitud de los objetos (¿en centímetros o en nanómetros?), etc. etc. Pero supongamos que hablamos con un extraterrestre y que luego de explicarle qué significa “igual” y cuál es el procedimiento para comparar longitudes, descubrimos que el extraterrestre no está de acuerdo porque para él uno de los lápices mide 3 micrometros más que el otro; una medida imposible de percibir a simple vista por los seres humanos. Lo que quiero resaltar es que precisión o exactitud es algo que requiere por igual de un contexto social para poder comprenderse.

Algo similar sucede si decimos que un poema es tan bueno como otro. Ambas expresiones asumen una red compleja de información contextual que es básicamente independiente de los objetos comparados. De nuevo, lo social permea todo el proceso. En esencia, el problema es similar al planteado por Žižek en el caso de Malevich y Duchamp discutido en mi comentario de hace unos días. Claro, Wittgenstein no estaba interesado en el lado metafísico del problema. Para él, lo importante era la validez o consistencia lógica de las proposiciones estéticas. La ideología, como la psicología, no era por supuesto de su interés.

Una última cosa. Hace tiempo leí un excelente libro de Umberto Eco sobre la historia de la belleza en la Edad Media (Art and Beauty in the Middle Ages). Por ejemplo, allí Eco menciona como en la era escolástica la palabra “belleza” se refería a una cualidad con connotaciones morales y psicológicas más que artísticas. Para el escolástico, la belleza era una cualidad divina, así que decir que algo era bello implicaba admitir que ese algo compartía una propiedad o cualidad exclusiva de Dios, lo que por supuesto no era poca cosa dadas sus implicaciones morales. Así, un paisaje natural (no alterado por el hombre) podía ser bello, a cuenta de haber sido creado por Dios. Sin embargo, lo mismo no podía decirse de una sala o un cuadro, a menos que estuviéramos hablando de la casa de Dios o de un retrato o representación de su persona; en ese caso la belleza del objeto era una suerte de exceso o extensión de la divina.

Lo humano, por ejemplo, no podía definitivamente ser bello. ¿Cómo puede una cucaracha pecadora e imperfecta como nosotros tener una propiedad en común con el creador? La belleza humana era una belleza a medias, muchas veces fuente del mal. Por ejemplo, la belleza femenina era algo abominable, prueba infalible de su esencia pecaminosa y diabólica, ya que era una belleza falsa (sí, las mujeres medievales también se maquillaban, perfumaban y adornaban) que solía distraernos de aquello genuinamente bello; es decir, Dios. Lo interesante, y en virtud de su profundo sentido ético y religioso, es que los escolásticos estaban muy claros de la función ideológica de la estética: distraernos de lo que era, según ellos, realmente importante: Dios… Ok, la autoridad de la iglesia.

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