Camus, el objetivista

Uno de mis pesares es haber sacrificado demasiado por la objetividad. La objetividad es a veces complacencia. Hoy las cosas son claras y los campos de concentración deben llamarse campos de concentración, aun bajo el socialismo. En un sentido, nunca seré amable de nuevo.[1. Traducción propia: “L’un de mes regrets est d’avoir trop sacrifié à l’objectivité. L’objectivité, parfois, est une complaisance. Aujourd’hui les choses sont claires et il faut appeler concentrationnai-re ce qui est concentrationnaire, même le socialisme. Dans un sens. je ne serai plus jamais poli.]

Estas palabras las escribió Albert Camus en uno de sus cuadernos (‘cahier’ número 6) entre 1948 y 1951. Las mismas dejan ver el conflicto interno que vivía el autor de La peste y El mito de Sisifo en aquellos años, tal como lo describe Tony Judt en el segundo capítulo de [amazon ASIN=” 0226414183″] The Burden of Responsibility: Blum, Camus, Aron, and the French Twentieth Century[/amazon].

La Francia de la posguerra fue un hervidero de recriminaciones y sospechas. Por un lado, la sociedad francesa intentaba exorcizar el trauma y afrenta del régimen de Vichy y la ocupación, por medio de un proceso de ajuste de cuentas y revanchismo que, como lo advierte Judt, “corrompería el nuevo estado y las nuevas instituciones aun antes de que se formaran” (110, trad. mía).

Al principio, Camus estuvo de acuerdo con la persecución de los culpables y colaboradores, miles de ciudadanos franceses que apoyaron en acciones o palabras la traición de Pétain y su gobierno títere. En su opinión, Francia necesitaba depurar todo elemento fascista de su seno como parte del proceso de reconstrucción nacional que ahora comenzaba. Sin embargo, lo que debía ser más que nada un acto de justicia contra quienes fueron cómplices de los crímenes de Vichy, devino luego en un espectáculo circense.

Ese fue el caso del juicio de Robert Brasillach, un periodista y apologista de la ocupación nazi. Camus despreciaba las ideas y posiciones de Brasillach, un antisemita que nunca había ocultado sus simpatías por el nazismo, pero la idea de que se le juzgara y ejecutara por “crímenes intelectuales” le pareció un castigo excesivo. Por esa razón sumó su nombre a una larga lista de intelectuales que, liderados por François Mauriac, le dirigieron una carta a De Gaulle solicitando sin éxito la conmutación de la pena de muerte a Brasillach.

A pesar de su coqueteo inicial con la idea, Camus terminaría al final admitiendo que las purgas siempre habían estado condenadas al fracaso. Después de todo, los años terminarían dándole la razón a François Mauriac, con quien Camus sostuviera una fuerte disputa antes del affaire Brasillach, precisamente sobre el tema de las purgas.

En la reconstrucción de los hechos que nos ofrece Judt, a los años de las purgas le siguió el comienzo de la Guerra Fría, lo que exacerbaría la angustia del conflicto interno de Camus. Aunque él había abandonado el comunismo oficialmente desde antes de la guerra, luego de descubrir la existencia de campos de concentración en la URSS, su posición hacia la ideología comunista continuaba siendo fundamentalmente ambigua. Sin embargo, para finales de los 40s la izquierda francesa comenzó un rápido proceso de radicalización que Judt juzga similar al experimentado por la derecha durante la entre-guerras (123). En esas circunstancias, los intelectuales de izquierda franceses comenzaron a dividirse en dos campos: los abiertamente anti-comunistas y los que continuaban defendiendo el comunismo soviético aun a pesar de los gulags y las purgas del estalinismo. Como era de esperarse, Camus se negó a participar en el reparto.

Aunque crítico del estalinismo en privado, Judt deja claro la manera como Camus se sometió durante estos años a la auto-censura, al igual como lo hicieron muchos otros intelectuales durante estos años. En un esfuerzo por permanecer objetivo, como nos dice en la cita de arriba, su crítica contra el comunismo por estos años siempre estuvo acompañada con una crítica similar contra el capitalismo o la sociedad burguesa de la posguerra. Como nos explica Judt, la suya fue una búsqueda permanente de “balance”, en la creencia de que el Occidente también apoyaba regímenes totalitarios como el soviético y por lo tanto no tenía autoridad moral para condenar los excesos estalinistas.

Este ejercicio de balance debió ser un peso difícil de cargar a cuestas para una persona como Camus, tal como se hace evidente en sus Cahiers, que es de dónde sale la cita de arriba. En el mismo lugar nos dice: “He tratado de ser objetivo en contra de mi naturaleza”, y luego concluye, “[e]s que yo tenía dudas sobre la libertad”.[2. “Je me suis efforcé à l’objectivité, contraire à ma nature. C’est que je me méfiais de la liberté”.]

A partir de 1948, nos dice Judt, Camus comienza a cambiar su posición sobre el “problema del comunismo”. Lo que le motiva es su “preocupación por la justicia”, advierte el británico. Para 1950, más o menos la época en la que escribió las palabras citadas arriba, su cambió de corazón es completo. A partir de allí decide no ser más “amable” con el totalitarismo, aun cuando éste se haga llamar socialismo.

En una próxima entrega hablaré sobre el análisis que hace Judt del uso del término “moralista” con el cual suele hacerse referencia a Camus. Él fue un “moralista”, no en el sentido negativo que se le da a esta palabra en español o inglés, sino en el muy particular que tiene la palabra francesa “moraliste“. Pero de eso hablaremos la próxima vez.