Camus, el moralista

De acuerdo a la Encyclopédie Larousse en ligne, un moraliste es un

Un escritor que describe y critica las costumbres de su época y desarrolla, a partir de ellas, una reflexión sobre la naturaleza y condición humanas. [1. Traducción propia del original: “Écrivain qui décrit et critique les mœurs de son époque et développe, à partir de là, une réflexion sur la nature et la condition humaines”. ]

La historia de las letras francesas, nos advierte la misma Encyclopédie, “abunda” en este tipo de moralistes: Montaigne, Pascal, La Rochefoucauld, La Bruyère, Montesquieu, Voltaire, para nombrar los más conocidos, fueron todos escritores preocupados por juzgar, muchas veces en forma “lapidaria”, las costumbres y valores de la época en la que vivieron, ridiculizando particularmente sus contradicciones y manierismos. Su objeto de estudio era, en clave ortegaygassetiana, el hombre y sus circunstancias.

En algunos casos, los moralistes miraron hacia adentro, como es el caso de Montaigne, quien dijo que él nunca podría conocer a ningún otro espécimen humano mejor que a sí mismo. En otras ocasiones, el objeto de su interés no fue el mundo interior sino exterior. Ese fue el caso, por ejemplo, de Voltaire, quien retrató y criticó los usos y costumbres de sus contemporáneos, a veces con tal sorna que nos hace sonreír o escandalizar aun hoy.

A esta gran tradición de las letras francesas perteneció  Albert Camus, tal como nos cuenta el historiador británico Tony Judt en el tercer capítulo de su libro The Burden of Responsibility: Blum, Camus, Aron, and the French Twentieth Century.[2. Mira este artículo previo sobre la misma obra.] Sólo que el suyo no fue un moralismo asumido por complacencia o por compromiso, como era común entre muchos de sus contemporáneos, sino el producto de la necesidad de permanecer auténtico consigo mismo.

Esto se hace evidente en la actitud de Camus a la tragedia que afectó su Argelia natal en la década que siguió a la derrota del nazismo y fascismo italiano en 1945. Desde 1954, la entonces colonia francesa se vio envuelta en un sangriento conflicto armado entre la población indígena árabe, los criollos de habla francesa y las fuerzas coloniales de la IV República. Esta guerra, tal como se ve representada en el famoso film de Gillo Pontocorvo,[3. La batalla de Argel (1966).]  se caracterizó por su complejo entramado moral.

Cada uno de los actores involucrados, desde las fuerzas revolucionarias del FLN pasando por la población criolla hasta las fuerzas coloniales francesas, cometieron atrocidades y transgresiones de todo tipo contra sus enemigos, muchas veces justificando sus acciones sobre la base de las acciones cometidas por los demás. El resultado final fue un conflicto sangriento, caracterizado por torturas de lado y lado, masacres de civiles, acciones terroristas y operaciones contra-terroristas tan brutales como las anteriores.

La situación en Argelia afectó mucho a Camus, quien había nacido en el seno de una familia pied-noir de Dréan, un pequeño poblado costero en el noreste del país. Los pied-noirs (literalmente ‘pies negros’) eran inmigrantes y descendientes de inmigrantes europeos establecidos en la región del Magreb luego de la conquista de Argelia por Francia en el siglo XIX. Aunque la mayoría pied-noir vivía entremezclada con la población indígena musulmana, el sistema legal establecía diferencias importantes que aventajaban a los primeros sobre sus vecinos, lo que creo un sistema de convivencia y paz relativas.

Con el final de la Segunda Guerra Mundial y el surgimiento de la IV República francesa, la situación de relativa paz y tolerancia se deterioró rápidamente como consecuencia de las promesas incumplidas por la administración colonial. Si bien la población musulmana logró alcanzar la ciudadanía francesa en 1946, la misma nunca recibió el mismo trato y privilegios otorgados a sus vecinos de ascendencia europea. Estos últimos también estaban insatisfechos con el gobierno central por no otorgarles una mayor autonomía administrativa.

El resultado de esta situación fue el deterioro progresivo de las relaciones entre el gobierno colonial y los diferentes grupos que componían la población. En 1954, el malestar se transforma en un conflicto abierto entre las diferentes facciones. La Guerra de Argelia comienza así y crea una fractura irreparable entre los diferentes grupos étnicos y religiosos que componían la antigua colonia, lo que fuerza a Camus a enfrentar lo que para él era una situación imposible: tener que escoger un bando.

Culturalmente, Camus se consideraba a sí mismo un pied-noir, apegado como estaba a las costumbres y lugares de una región a la que amaba y llevó siempre con él. Además, en el Magreb vivían su madre y familiares, sus amigos y maestros de la infancia cuya impacto en su vida y formación habían sido siempre significativos.

Intelectualmente, por otro lado, Camus era francés de cabo a rabo; un firme creyente en los ideales franceses republicanos de libertad, igualdad y fraternidad. Adicionalmente, como socialista, él también creía en la promesa de la revolución, en el ideal de una transformación de la sociedad que iba más allá de las particularidades de una época o lugar, y que apelaba a lo que había de universal en el hombre, lo atemporal de la existencia humana.

Asumir un bando en un conflicto que atentaba contra la compleja textura de su identidad, que buscaba resquebrajarla y dividirla, simplificarla hasta hacerla irreconocible, era para él simplemente imposible. Y así, por más de una década, Camus se negó aceptar la realidad de lo que ocurría, o al menos reconocerla públicamente. Eso hasta 1956, cuando en un acto de extrema valentía o franco idealismo, decide hablar públicamente en una conferencia por la paz que él mismo ayuda a organizar en Argel, la convulsionada capital colonial.

El 22 de enero de 1956 — 60 años a la fecha —, Camus llega a la capital argelina con la intención de abogar por la paz. Allí, una audiencia de más de 1500 personas le esperaba en ascuas, algunos con intenciones de lincharlo otros con curiosidad por saber lo que el hijo pródigo del Magreb tenía que decir sobre su tierra devastada por el odio y la intolerancia.[4. Cf. Albert Camus, Actuelles III. Chroniques algériennes, 1939-1958 (París: Gallimard, 1958).]

Es bueno recordar que Camus emergió de la Segunda Guerra Mundial como una de las voces más respetadas y admiradas de la Resistencia francesa. En 1944 se había convertido en editor en jefe del periódico Combat!, el medio oficial de la Resistencia. Su voz era conocida a nivel nacional e internacional y, para muchos, era el intelectual más célebre de la Argelia de habla francesa.

Todo eso cambió en pocos años una vez terminada la guerra, algo que el mismo Judt considera un hecho tan sorprendente como interesante. De un intelectual amado y admirado por las nuevas generaciones de la posguerra, Camus se había convertido a mediados de los 50s en un paria. Como explicamos en otro lugar, su intención de ser ‘objetivo’, de mantener una distancia intelectual y moral desde la que juzgar los eventos que marcaron su generación, le generó la animadversión y rechazo de parte de muchos de sus correligionarios de Izquierda, para quienes esa objetividad y distanciamiento eran síntomas de su falta de compromiso y deslealtad al ideal revolucionario.

Su postura hacia las circunstancias de la guerra de independencia argelina — o, más bien, su rechazo a tener una postura — no hacían más que confirmar lo que algunos sospechaban ya desde hacía algún tiempo: que él había traicionado el proyecto emancipador de la izquierda revolucionaria de la posguerra. Su postura frente al problema argelino no hizo más que reforzar estas sospechas.

Para Camus, nos advierte Judt, el problema radicaba en que lo que él consideraba la “responsabilidad del intelectual” no se correspondía con la de sus correligionarios. Para él, la “responsabilidad del intelectual” no consiste “en asumir una posición” predeterminada — histórica o ideológicamente — sino en negarse asumir una cuando la misma “no existe” (121).

Como fue el caso con el comunismo, del cual sería un acérrimo crítico una vez se hicieran públicos los desmadres del estalinismo, Camus se negó a aceptar refrendar el terror en defensa de una causa indigna de ser defendida. Para él, no era cuestión de tener que elegir entre el comunismo estalinista y el capitalismo, sino entre el respeto a la dignidad humana y a la justicia ante todo.

Del mismo modo, sobre Argel, en 1956,  la disyuntiva no era entre refrendar o condenar los horrores cometidos por un bando u otro, sino denunciar la necesidad de tal disyuntiva. Lo que él se negaba era aceptar una Argelia no francesa y una Francia sin su constituyente norafricano.

En perspectiva, la posición de Camus era hasta cierto punto idealista e incluso ingenua. Como nos dice el crítico español Iñaki Vázquez Larrea, su visión se basaba en un mito que el escritor había internalizado desde su juventud, mientras crecía en la idílica comunidad de Modovi (Dréan): el mito de la “unidad de cultura mediterránea”.[5. Cf. Iñaki Vázquez Larrea, “Camus y el mito de la Argelia francesa”, Nómadas: Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas  45.1 (2015).] Para Vázquez Larrea, como para muchos otros críticos de izquierda, la asimilación por Camus de este mito era prueba de sus incipientes tendencias reaccionarias, ya evidentes en algunos de sus escritos de los años 30s.[6. Ib. 4.]

No puede negarse que la postura de Camus carecía de sofisticación; incluso pudiera calificarse hasta de irracional. Pero esto no sorprende a Judt. Para él, Camus sufría de una sospecha casi visceral hacia cualquier forma de hiper-racionalización, particularmente cuando esta se usaba para justificar el terror y la violencia políticas.[7. Véase, por ejemplo, el Prefacio de Jean-Paul Sartre al libro de Frantz Fanon, The Wretched of the Earth (New York: Grove, 1968), 7-31.] La suya era una postura impregnada de sencillez y humildad, incluso quizás de ingenuidad.

Ello se hace evidente en su famosa respuesta durante la entrevista que le hicieran luego de recibir el Premio Nobel en 1957. Cuando un periodista le pregunta sobre su posición sobre el uso de la violencia y el terror durante el conflicto argelino, él responde cándidamente:

Siempre he condenado el terror. Debo también condenar un terrorismo que opera de forma ciega, en las calles de Argel, y que cualquier día puede golpear a mi madre o mi familia . Creo en la justicia, pero defenderé a mi madre antes que la justicia.

Para Judt, lo que Camus hizo aquí fue manifestar su desaprobación de la necesidad de expresar una preferencia por un tipo de lealtad sobre otra: la lealtad hacia su madre, algo concreto, sobre la más abstracta lealtad al proyecto emancipatorio argelino. Y es este disgusto hacia las grandes abstracciones lo que caracterizara la postura de Camus hacia el problema argelino y otros dilemas morales. En alguna medida, sus críticos tenían razón al llamar su postura ingenua y carente de sofisticación. Como nos sugiere Judt, es cierto, Camus tenía una alergia crónica hacia las grandes empresa racionalizadoras, particularmente en materia moral.

Y es que muchos de sus contemporáneos usaron su poder mental e intelecto para racionalizar y justificar el uso de la violencia y el terror por esta o aquella causa. Él, que no había recibido la misma educación privilegiada y sofisticada de muchos de sus contemporáneos, tales como Sartre, Aron o Foucault, prefería “la prudencia sobre la racionalización desmedida”(123). Si algo le incitó a ir a contracorriente, nos explica Judt, no fue una predisposición doctrinal o ideológica sino un sentido orgánico de moderación y prudencia.

Al final de su ensayo, Judt resume su tesis sobre el moralismo de Camus. El suyo no fue un moralismo por selección sino por renuencia: un moralismo reluctante. Por razones totalmente circunstanciales y en sintonía con su humildad de carácter, con lo que Judt describe como su pudor “instintivo”, Camus asumió el rol de moralista en parte por necesidad, como una respuesta honesta a los retos que le planteaba la época en la que le tocó  vivir.

En parte, su posición fue una consecuencia de su condición de “extranjero”, de outsider.  El crítico británico Terry Eagleton se sorprendía hace algunos años de la lucidez y exactitud con la que autores expatriados y/o extranjeros — Judt los llamaría quizás “inorgánicos”— son capaces en ocasiones de retratar la sociedad que les ofrece asilo y protección.[8. Ver Terry Eagleton, [amazon ASIN=”0701115963”]Exiles And Émigrés: Studies in Modern Literature[/amazon] (London, Chatto & Windus, 1970).] Eagleton lo explica en términos de la noción hegeliana de “totalidad”, una tesis que creo puede aplicarse para interpretar la condición “inorgánica” de Camus.

Lo que autores “inorgánicos” como Conrad, Eliot, James, Pound, Yeats y Joyce, entre otros, tuvieron de ventajoso sobre sus contemporáneos más “orgánicos”, como Woolf, Orwell, Shaw o Wells, era una visión más totalizante de sus respectivas épocas.  Escritores “orgánicos” como Woolf, Orwell, Shaw o Wells, resumieron en sus obras las particularidades de sus universos existenciales desde la perspectiva propia de su clase social o milieu. Sus retratos fueron siempre incompletos, parcializados, parroquiales: micromundos auto-contenidos.

Por otro lado, autores “inórganicos” como Conrad, Eliot, James, Pound, Yeats y Joyce pudieron retratar esos mismos universos existenciales viniendo desde afuera, con el aporte de un rango de experiencias foráneas inaccesibles a sus contemporáneos “orgánicos”. Para ellos siempre existió una frontera, un borde a lo largo del cual se creaban relaciones dialécticas y analógicas. Y fue esa frontera que determinaba qué estaba adentro y qué afuera, qué era normal y qué no, lo que les dio una visión total de la realidad que los otros nunca pudieron alcanzar.

Aunque Judt no hace referencia a la tesis de Eagleton, su juicio final sobre Camus deja entrever su familiaridad con esta idea. Aunque francés y europeo por elección, Camus fue siempre un africano, un pied-noir, y, por ende, un étranger. Esta condición de exterioridad fue tanto un purgatorio como una bendición. Por un lado, su aspiración por objetividad, por mantener una posición neutra sobre la cual juzgar las circunstancias de su época, le impidieron asumir el mismo tipo de compromiso que definiera la condición de intelectual durante los años que siguieron a la posguerra, aislándolo de aquellos cuya amistad y aceptación él aspiraba.  Por el otro lado, estar afuera le dio la libertad de juzgar la sociedad francesa de la posguerra con una visión totalizante que ningún otro escritor “orgánico” de su generación tuvo jamás.

Al final, Judt, admitiendo quizás esta visión totalizante, concluye que es precisamente Camus el étranger, el outsider, quien mejor y más fielmente supo representar la totalidad de la realidad francesa de su época, y que su visión quizás siga siendo hoy tan válida como lo fuera entonces:

En toda su incertidumbre y ambigüedad, con sus limitaciones y reticencias, Camus estuvo en lo cierto donde muchos otros no lo estuvieron por mucho tiempo. (135)[9. Traducción propia: “In all his uncertainty and ambivalence, with his limitation and reticense, Camus got it right where so many others went stray for so long”.]

Judt cierra su capítulo aludiendo a una frase de Hannah Arendt sobre el francés:[10. Judt alude aquí a una caracterización que Arendt hiciera luego de conocer a Camus durante una visita a Francia en 1952, y que el primero menciona al inicio de su ensayo (87).] “Albert Camus, el outsider eterno, fue sin duda el mejor hombre de Francia” (135).[11. Traducción propia: “Albert Camus, the lifelong outsider, was indeed the best man in France”.] Si esto es cierto o no, la posteridad será quien lo decida.