En torno a la democracia social

En su Pequeña crónica de grandes días nos recuerda el gran Octavio Paz cómo el período de la posguerra ha sido uno de los más pacíficos y prósperos de la historia europea reciente. Algo similar arguye la historiadora Sheri Berman en la introducción de su fascinante [amazon ASIN=”0521521106″]The Primacy of Politics: Social Democracy and the Making of Europe’s Twentieth Century[/amazon], una historia cuidadosa del desarrollo de la democracia social en el siglo XX.

Partiendo del trabajo de Karl Polanyi, el famoso crítico de economía política de origen austríaco y autor de La gran transformación, Berman insiste que si alguna ideología triunfó en el siglo XX no fueron ni el liberalismo decimonónico — i.e., basado en el principio de laissez faire — ni el marxismo-leninismo ni el fascismo, sino la democracia social. Berman explica:

La historia del siglo veinte y la razón por la cual su segunda mitad fue tan diferente de la primera, se debe en gran medida a la manera cómo el capitalismo y la democracia se hicieron compatibles; tanto así que ahora asumimos que están conectados de manera inextricable y que esta unión es una de las precondiciones para la estabilidad y el progreso social.

Su tesis central, similar a la expresada por otros pensadores como el mismo Polanyi y más recientemente Slavoj Žižek, es que la democracia y el capitalismo no son necesariamente compatibles. El capitalismo no necesita de la democracia para prosperar, como pareciera evidente hoy en lugares como China y el resto de Asia. Para Berman, lo que ha permitido que esta pareja dispareja funcione en tándem es precisamente la democracia social.

Curiosamente, el éxito de la democracia social luego de la Segunda Guerra Mundial, particularmente en contraste con el socialismo de corte soviético, pareciera también sugerir que lo contrario no es cierto. Al menos por ahora, hasta que se desarrolle una alternativa igual de efectiva que el capitalismo, la democracia no pareciera viable sin que existan garantías y derechos individuales, incluido el de la propiedad privada. En otras palabras, democracia y capitalismo no son antitéticos per se y su relación es mucho más compleja que las que ciertas doctrinas reduccionistas parecieran sugerir.

Una idea similar es la que adelanta Tony Judt en su libro [amazon ASIN=”0143118765″]Ill Fares the Land[/amazon]. Allí, Judt trata de poner en perspectiva los logros de la democracia social en contraste con la pena y miseria tanto social, como política y económica creada por sus alternativas, desde el neoliberalismo — otra forma de referirse al liberalismo laissez faire — hasta el fascismo, pasando por el comunismo y sus diferentes encarnaciones. Judt, como Berman, reflexiona sobre las razones por las cuales la democracia social tiene tanta mala fama, a pesar de sus innegables éxitos. La diferencia es que Judt es más pesimista, de ahí lo ominoso del título de su ensayo.

Aunque apenas comienzo el libro de Berman, pareciera que el mismo es un trabajo más asertivo que el de Judt. Conforme avance en mi lectura les comentaré más.