La década milagrosa de un crítico practicante

En los dos últimos capítulos de su fascinante [amazon ASIN=”848843586X”]Octavio Paz: Crítico practicante en busca de una poética[/amazon], J. Agustín Pastén hace un recuento del tránsito del poeta mexicano por los sinuosos senderos de la crítica como práctica intelectual en la década que va desde mediados de los 1960s hasta mediados de los 1970s. Para Pastén, el oficio de crítico practicante hizo de Paz un mejor poeta en tanto le ayudó a entender los límites del mismísimo lenguaje de la poesía:

El crítico practicante que a principios de su carrera había creído tan fervientemente en el poder de la poesía para transformar el mundo, se da cuenta que en realidad la poesía no tiene tal poder, que esta constituye su propio sistema significante y que sólo ciertos lectores, y no una comunidad de lectores como creían antes, podrán penetrar el laberinto lingüístico de sus poemas teóricos.[1. J. A. Pastén, Octavio Paz: Crítico practicante en busca de una poética (Madrid: Pliegos, 1999), 216.]

Paz, que fue un experimentador e innovador de la palabra toda su vida, intenta a sus cincuenta años ensayar con una nueva poesía, abstracta y teórica, con la intención de trascender lo local (e histórico), atrapar la universalidad del signo y canalizar el poder comunicativo de la poesía para cambiar la realidad. Este proceso se inicia con el poema Blanco, publicado originalmente en 1966 y luego de nuevo como parte de la colección Ladera este (1969). Blanco es un poema hermoso y revolucionario, un “poema en movimiento” lo llamaría Jorge Rodríguez Padrón,[2. Citado por Pastén, Ibídem 192.] es decir,  un poema abierto en el que el lector — o cierto lector especializado — “construye el texto a su gusto”,[3. La referencia es a las ideas de Roland Barthes en S/Z; ver ibídem 189.] y lo disfruta “fuera de la historia”.[4. Ibídem 188.]  A Blanco le siguen El mono gramático (1970) y luego Vuelta (1976), poemas inclasificables que buscan no dilucidar sino ilustrar en toda su complejidad y desnudez el enigma existencial del hombre: la distancia insalvable entre lenguaje y realidad.[5. Por supuesto, lo que Paz intenta en este caso es hacerse eco de las ideas del estructuralismo, pero de nuevo con un agudo sentido crítico; él experimenta con esas ideas que vienen de afuera (Europa) mientras al mismo tiempo explora sus límites; es decir, como un niño curioso, explora lo que para él es un mundo nuevo y al mismo tiempo lo rompe o desviscera para entenderlo mejor.]

Lo que este período de su andar poético le enseña a Paz, al menos así lo interpreta Pastén, es que la poesía no puede resolver los problemas de la humanidad. El lenguaje poético tiene límites, fronteras que no pueden ni deben transgredirse. La poesía puede ayudarnos a mirar el vacío sin fondo que delinea esa frontera, darnos el control de algún modo sobre la perspectiva desde la cual mirar ese vacío, pero no puede darnos atajos, ni construir un puente con el cual superarlo. La experiencia poética es y siempre será personal y, por ende, incompleta, parcial.

La crítica, por otro lado, requiere de un ejercicio amplio del criterio que va más allá de la experiencia personal del poeta. La misma se construye sobre experiencias compartidas, sobre acercamientos, sobre negociaciones que buscan superar y diluir el vacío que separa las palabras del mundo. Si el lenguaje es una prisión,[6. Recordando la metáfora erróneamente atribuida a Nietzsche; ver David Lovekin, [amazon ASIN=”0934223017″]Technique, Discourse, and Consciousness: An Introduction to the Philosophy of Jacques Ellul[/amazon] (Cranbury, NJ: Lehigh University Press, 1991), 209.] como creían los estructuralistas, la crítica es una vía de escape.

En otras palabras, la crítica, como práctica colectiva, no puede realizarse con un instrumento de ensimismamiento como la poesía. Esto no significa que la poesía no pueda ser crítica ni que la crítica no pueda ser poética. Lo que Paz entendió fue que ambas son necesarias, y que también son más efectivas cuando cada una asume su función y limitaciones.

Este descubrimiento sirvió de excusa para el retorno de Paz al ejercicio de la prosa política y la crítica cultural que se inicia con [amazon ASIN=”8432230766″]El ogro filantrópico[/amazon] en 1978. También su retorno a una poesía más tradicional, donde el poeta no pretende abarcar un nosotros universal sino un yo-interior más coherente y mejor situado históricamente.