Ricardo Piglia, R.I.P.

La Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) es una enfermedad neuronal terrible. También se le conoce como la Enfermedad de Lou Gehrig, en memoria del beisbolista estadounidense de mediados del siglo pasado quien, luego de ser diagnosticado en 1939, moriría a causa de este mal en 1941.

ELA afecta las neuronas motoras del cerebro, lo que significa que muchas de sus víctimas mueren eventualmente sofocados — es decir, por insuficiencia respiratoria — o porque sus corazones simplemente dejan de latir. La misma es también conocida por ser la enfermedad que desde 1963 afecta al físico y cosmólogo británico Stephen Hawking, quien como consecuencia de la enfermedad está condenado a vivir en una silla motorizada y a usar un sintetizador electrónico para poder interactuar con el mundo exterior — la película La teoría del todo (2014) se inspira en la vida de Hawking luego de ser diagnosticado con ELA.

De ELA diría el historiador británico Tony Judt que es como “un encarcelamiento progresivo sin posibilidad de libertad bajo palabra“. Judt murió a causa de esta enfermedad en agosto del 2010. Otra baja de la misma, me entero recién, fue el docente, novelista y ensayista argentino Ricardo Piglia, quien falleciera el 6 de enero del corriente en Buenos Aires como consecuencia de un infarto, posiblemente a consecuencia de ELA.

Piglia, quien fue profesor de Harvard y Princeton, había sido diagnosticado con ELA en el 2013. Durante su relativamente larga vida — murió de 75 76 años — su obra fue merecedora de muchos de los mejores premios del firmamento literario de habla castellana: el Formentor (España), Casa de las Américas (Cuba), Planeta (España), el Rómulo Gallegos (Venezuela) y el Donoso (Chile).

Es curioso comentar que algunas de las obras de Piglia tienen títulos que parecieran prefigurar su ultimadamente fallida lucha contra ELA: Respiración artificial, su primera novela publicada en 1980, y Prisión perpetua, su tercera colección de narraciones cortas publicada en 1988. Una triste coincidencia digna de un autor que fuera, a su vez, un apasionado estudioso de otro gran argentino amante de las coincidencias: Jorge Luis Borges.