(Des)empaquetando mi biblioteca

Recién me acabo de mudar y me ha tocado decidir qué libros me llevo conmigo y cuáles dejo almacenados. Imagino que tomar una decisión como ésta cuando se tiene una colección de apenas 1,500 libros no es tan complicada como la de alguien que tenga, digamos, unos 500,000, como es el caso del autor y coleccionista tejano Larry McMurtry, quien recientemente decidiera retirarse y vender gran parte de su inventario. McMurtry, que tiene 76 años de edad, es mejor conocido por su obra de ficción, entre las que se cuentan novelas como Lonesome Dove. Terms of Endearment y The Last Picture Show.

Un apasionado bibliófilo, McMurtry ha dedicado muchos años a adquirir todo tipo de libros, particularmente primeras ediciones y ediciones raras o limitadas. Por mi parte, aunque comparto la pasión del tejano, estoy lejos de poseer los recursos y la perseverancia para acumular algún día semejante cantidad de libros — dejando a un lado el hecho de que mi esposa quizá no aprobaría que lo intentara (y no sin razón).

Todo esto me recuerda aquel ensayo de Walter Benjamin sobre coleccionar libros. Aunque un hecho no muy conocido, Benjamin fue un coleccionista apasionado de títulos antiguos, particularmente del barroco alemán y sobre literatura infantil. Su colección nunca tuvo le extensión de la de McMurtry, llegando a penas a los 2,000 títulos para el tiempo de su muerte. Sin embargo, de todas sus posesiones materiales, sus libros fueron quizá la más permanente e importante. Y si Adorno y Sholem, sus amigos más íntimos, están en lo cierto en su descripción de Benjamin como alguien que vivía para su trabajo intelectual, entonces debemos suponer que estos libros constituían el eje en torno al que giraba esa vida dedicada al estudio y a la reflexión crítica.

En su ensayo, Benjamin nos cuenta el proceso de desempaquetar su biblioteca y, dada su vida errante, es posible que empaquetarla y desempaquetarla fueran actividades que realizara con frecuencia y quizá con algo de masoquismo. Pero, como él mismo dice, su interés al escribir su ensayo no era tanto el de hablar de su “colección” como el de hablar del acto mismo de coleccionar.

Para Benjamin, el caos que pareciera acompañar toda colección — pilas de objetos hacinados en sus vestiduras de polvo y con ese olor entre rancio y moho — está en permanente tensión dialéctica con el orden que emerge de su genealogía — la historia que acompaña cada ítem de una colección, su fecha de adquisición, su dueño previo, su fecha de creación, etc. etc. Lo que un coleccionista ama no son los ítemes que colecciona sino la historia que viene con cada uno de ellos. Por eso, en aquello que el ojo inexperto ve sólo desorden y caos, la pila arrumada en cajas o estanterías, el coleccionista ve un origen, un drama, un argumento, un secreto puesto al descubierto por azar o duro trabajo. En esa tensión reside para Benjamin el mayor acicate del coleccionista.

No es difícil entender pues, cuando él nos dice que, para un coleccionista “de verdad”, el encuentro con un nuevo ítem de colección es como un renacimiento. No es la posesión, nuevamente, sino el encuentro y su historia. Todo esto me recuerda las ideas de Alain Badiou sobre el amor, algo de lo que hablamos hace un tiempo ya. Badiou dice que el amor es algo a lo que se llega por un procedimiento de verdad; es decir, es la organización de las consecuencias de un evento, en nuestro caso, el encuentro con el objeto amado. Ese encuentro inicial constituye un desajuste total del orden actual, un reacomodo de nuestra realidad simbólica, al tiempo que una oportunidad para reconstruir y/o crear un nuevo orden, para ‘renacer’ como nos dice Benjamin.

Yo diría que, siguiendo a Badiou, lo que motiva al coleccionista de libros — como el que esto escribe — es el amor así entendido. Es decir, el amor entendido como el proceso de construir una historia en conjunto que se inicia con el evento azaroso de un encuentro con el ítem de colección. Reiteramos, lo que el coleccionista ama no es el objeto físico en sí, sino la historia común que lo une a él. Una historia construida, quizá; una ilusión manufacturada, tal vez; pero no por ello menos real.