Como parte de la conferencia Communism, a New Beginning?, Slavoj Žižek, Bruno Bosteels y Susan Buck-Morss se reunieron hoy en Cooper Union, Nueva York, para discutir la intersección de la ética, la religión y la política en el marco de la crisis mundial. Aunque no estuve en persona, pude disfrutarlas a través del canal virtual provisto por Verso.
La primera ponencia fue la de Bosteels, quien habló sobre el núcleo ateo del cristianismo. Su presentación se apoyó fundamentalmente en las ideas del filósofo argentino León Rozitchner, fallecido recientemente. La tesis central de Bosteels, según pude entender, aunque no podría decir si la misma parte de ideas originalmente adelantadas por Rozitchner o no, es que el cristianismo ofrece una plantilla de transformación y conversión, un modelo de la manera como aparatos ideológicos (usando la frase althussereana que Buck-Morss utilizó en su comentario sobre Bosteels) pueden operar para construir un sujeto revolucionario o militante sobre el cual construir o adelantar un nuevo orden mundial. Esta por supuesto es una idea vieja, y Bosteels lo reconoce al mencionar los trabajos de Badiou sobre el apóstol Pablo, y del mismo Žižek (y podríamos mencionar a Eagleton también, sobre el mismo Pablo). Desconozco el trabajo de Rozitchner, y confieso que luego de escuchar a Bosteels voy a ponerlo en mi lista de lecturas obligadas, sin embargo, hay algo que no convence con su planteamiento. Para mí, hay un esfuerzo no tan velado por romantizar el cristianismo, su poder proselitista y su militantismo. Primero, hay un claro esfuerzo por hacerlo algo excepcional, lo que es bastante cuestionable. Segundo, al romantizarlo, corremos el peligro de olvidar lo que en esencia es el resultado de toda forma de dogmatismo: conversión a la fuerza, universalización con la punta de una espada. Buck-Morss fue directo a este punto cuando le recordó a Bosteels que la conversión del imperio romano en un imperio santo fue algo totalmente contingente (Costantino, durante la Batalla de Puente Milvio, interpretó una visión que él tuvo sobre el resultado de la batalla como un presagio que le incitaba a adoptar la cruz como una condición para obtener la victoria, lo que de hecho sucedió tal como la supuesta visión le presagiaba—algo que él interpretó, según la versión oficial de la iglesia, como evidencia de que el Dios cristiano era el dios verdadero). Debo aclarar que la esencia de esta tesis tiene que ver con cierta corriente teórica, que Bosteels toma de su maestro Badiou, preocupada con la noción del llamado sujeto revolucionario. Sujeto en el sentido de individuos que funcionan dentro de un sistema social cuyas reglas e instituciones ha internalizado al punto de hacérseles totalmente intuitivas—es decir, dicho de manera super-simplificada, un sujeto que construye la realidad de acuerdo a cierto aparato ideológico particular que sirve como punto de referencia para sus acciones y su noción de sentido común. Lo que Bosteels pareciera implicar es que el cristianismo provee un modelo de como lograr esa transformación del sujeto, y un modelo que es esencialmente benigno, no-violento y/o democrático… lo que es claramente una postura romántica y anti-histórica además de claramente ideológica. En su comentario, Buck-Morss le recordó a Bosteels que detrás de ese acto de conversión ideológica, en apariencia benigno, había la prerrogativa imperial de poder decidir qué hacer con el inconforme, el que se negara a convertirse; la respuesta, obviamente, era la picota (y habría que recordar que durante la conquista americana, la conversión de los nativos no se hizo por convencimiento en ese modo romántico sugerido por apologistas como Bosteels, sino por amenaza: te conviertes o mueres como una rata infiel). Como respuesta a Buck-Morss, Bosteels argumentó, y lo hizo varias veces, con la idea de “collateral advantage” (en oposición a “collateral damage”), que en castellano podríamos traducir como “ventajas colaterales”; es decir, usar el modelo proselitista cristiano como un instrumento para convertir el sujeto moderno en el sujeto revolucionario. Una visión utilitaria de la lucha política donde se usaría una táctica cuestionable siempre y cuando esta produzca el fin deseado (la transformación del sujeto capitalista en el sujeto revolucionario y así por el estilo). En definitiva, aunque me gustaría leer con más cuidado la presentación en el futuro, mi primera reacción sobre esta idea del núcleo ateo cristiano es de sincera sospecha.
La ponencia de Buck-Morss fue, en mi opinión, más útil en cuanto que no devino en una larga arenga teórica sino que se mantuvo fiel a sus raíces materialistas e históricas—en otras palabras, dar una respuesta a lo que está sucediendo en las calles del mundo hoy día. Su presentación se titulaba A Commonist Ethics, haciendo el contraste entre comunismo y comonismo, el segundo como referencia a la raíces comunales que vemos en el Marx del manuscrito de 1844 en contraste con el Marx de los últimos años, más virulento y dogmático. Buck-Morss comenzó su ponencia con algo de teoría, partiendo de las ideas de Adorno quien hace un contraste entre lo óntico versus lo ontológico. Lo óntico, en términos heideggerianos, se refiere a lo que hay, aquí y ahora, en forma concreta, experiencial; mientras que lo ontológico, por otro lado, se refiere a la estructura profunda de lo que hay, es decir, al conocimiento sobre el ser (Dasein), sobre su esencia o naturaleza. Partiendo de esta idea, en resumen, Buck-Morss busca hacer la distinción entre dos formas de ver la situación mundial hoy, entre dos formas de hacer teoría o reflexión política, e incluso, de aproximarse a la práctica (¿qué hacer?). Por un lado, existe la actitud algo cínica y distante de aquellos que ven el problema de la crisis mundial y las posibles alternativas como un problema ontológico; es decir, como un problema cuya naturaleza profunda debe dilucidarse y entenderse antes de poder intentar una solución práctica. Desde esta perspectiva, los eventos de los últimos meses, la primavera árabe, el verano europeo y el ¿otoño de Wall Street?, es decir, los movimientos de protesta y agitación social que han conmocionado el planeta en los últimos meses, son esencialmente actos inútiles e intrascendentes, ya que par decidir ¿qué hacer?, primero hay que resolver la estructura profunda de lo que hay, un paso que algunos consideran aún incompleto. Esa precedencia de la teoría sobre la praxis o, mejor dicho, sobre la observación directa de lo que ocurre aquí y ahora, es lo que es central a la crítica de Buck-Morss—en mi opinión al menos. Como dijo ella al final, en el marxismo original, lo preeminente era lo óntico, la observación de lo que hay aquí y ahora, por encima de lo ontológico o, dicho de otro modo, por encima de la reflexión teórica dentro de un sistema de referencia particular: sea hegeliano, lacaniano, gramsciano, etc., algún “ismo”.
En ese sentido, lo que ella pareciera proponer es una vuelta a una ética comonalista y pragmática que se centre no en lo que uno es (“what you are“), sino en lo que uno hace (“what you do“). Para ella, esta ética debe hacer uso de la crítica pero en su sentido más primitivo, como una reflexión directa sobre los eventos de la vida diaria más que sobre especulaciones teóricas. Igualmente, la misma debe evitar lo que ha plagado mucho del pensamiento de izquierda en los últimos años; es decir, esa visión antagonista schmittiana que pone como pre-condición para la lucha social la adopción de una distinción política axiomática: la de amigos vs. enemigos—Carl Schmitt, en su libro El concepto de lo político, se refería a esta distinción como “criterio” o “categoría política” y, además, él creía que la misma constituía la base sobre la que se construye la noción misma de lo político—en torno al cual se articula una meta revolucionaria que define el éxito simplemente como la eliminación del Otro, del enemigo, sin dar indicios sobre la manera cómo se construirá ese mundo alterno donde ese Otro ya no existe. (Esto es evidente cuando vemos lo que ocurrió en la URSS y en Cuba, donde la revolución fue efectiva en la eliminación del Otro pero luego devino totalmente incapaz, una vez que el Otro dejo de existir como eje articulatorio, de construir un mundo alternativo donde la meta revolucionario de crear un nuevo hombre libre y auto-suficiente jamás se hizo realidad—y es muy probable que sea lo que ocurra en Venezuela, que trata de replicar la experiencia cubana en ese sentido). Eso, pareciera sugerir Buck-Morss, implica la necesidad de hallar un espacio para una visión agonista (en el sentido de opuesto a antagonista) alternativa, una visión más amplia que no esté sujeta a las limitadas categorías positivistas marxistas de proletariado, lucha de clases, etc., sin negar su efectividad (como herramientas de análisis) pero adaptándolas a una realidad diferente y más compleja.
Por cierto, como buen pragmatista, Buck-Morss propuso una re-definición de libertad como una pragmática de lo contingente (“a pragmatics of the suddenly possible”), proponiendo, en mi interpretación, que la experiencia transformadora revolucionaria debe estar abierta a lo que, en apariencia, es históricamente inadmisible o imposible en un momento dado. En fin, las ponencias estuvieron bien interesantes.